Aquella tarde le tocó el turno a un gallo que era el cacique del gallinero. Un poco antes de que Vicenta prendiese al animal, salí al exterior y me perdí por los campos. Una vez más la mujer cumplió el encargo: un corte en el cuello, desangrado y desplume del animal. Cuando regresé a casa, el gallo estaba tendido en un cubo metálico en un rincón del lavadero, un lugar frío que hacía las funciones de nevera en unos tiempos en los que se utilizaba el agua fría, el hielo y los rincones frescos para la conservación de los alimentos.
Al día siguiente, sobre las nueve de la mañana salí al patio. Me entretuve con los polluelos, subí al terrado para observar el deambular de mi pequeño mundo, entré en el almacén para coger algún tebeo y, a continuación, abrí la puerta del lavadero. Un terrible shock me dejó anonadado: el gallo estaba de pie, desplumado, con la cabeza colgando por una tira de carne y con alguna arteria por donde todavía circulaba la poca sangre que era bombeada por su corazón. Sentí mucha angustia. En una reacción desesperada, me dirigí al almacén adyacente, tomé las tijeras de podar y volví al lavadero. Temblando, desplegué las tijeras y las cerré con todas mis fuerzas en el cuello del animal. Al hacerlo, grité. El animal se desplomó y yo dejé caer las tijeras al suelo. Me latía el corazón a mil por minuto mientras pensaba en la fuerza inaudita de aquel animal, en su capacidad para pervivir a la muerte. Poco a poco, la inquietud dio paso a la admiración. Más repuesto, me acerqué al cubo donde yacía el gallo, puse mi mano encima de su cuerpo e hice una promesa que nunca he incumplido.
Luego hice una zanja en el jardín y lo enterré. Aquel gallo no debía ser cocido ni engullido. Se culpó a los gatos del estropicio. Pasaron unos meses hasta que conté lo acaecido a mis padres.
Cada uno tiene sus mecanismos de defensa, recursos a los que acudir cuando las cosas se ponen difíciles. Muchas veces recurro a la imagen de aquel gallo despojado que mostró una indómita voluntad de supervivencia.”